Aquí se leen (o se solían leer) los ejercicios de escritura automática de un tipo al que le encanta levantarse tarde... pero no puede.

Abro un ojo sin mucho fervor y veo el gato pintado que se escabulle en el pequeño cuenco de la sal

No me sorprende que su pelo se vuelva pálido y se seque como pasando por un horno intempestivo. Sus ojos ruedan de sus órbitas y suenan como canicas. El perro mueve la cola y se lanza sobre las bolas de colores. Pero al morderlas se le hinchan en la boca y ya no puede sacarlas, su quijada está abierta y casi desprendida, como boa tragando un baobab. Yo que soy el amo no me decido a poner y orden. Y opto por dejar caer la aguja sobre el disco de colores que hace días me trae loco de adicción. Los parlantes tiemblan y los objetos minúsculos que pueblan las mesas avanzan tranquilos hacia el borde. El perro ya no tiene forma humana, y las canicas siguen creciendo en su cabeza. Por la ventana asoman pájaros de pelo lacio atraídos por la vibración. Y aunque el vidrio se sacude con espasmos al son del bajo, lo siguen todo con un ridículo gesto de atención. Del suelo ya agrietado han salido tropas aisladas de hormigas y gorgojos. Algunas de ellas llevan en sus hombros trozos de queso parmesano cristalizado, pan endurecido y motas negras que más tarde me entero que son viejas migas de paté de hígado que de alguna manera encontraron la ruta del subsuelo. Algunas mariposas afelpadas se han instalado sobre la lámpara, produciendo al trasluz chorros de tonos claros y cálidos que lo envuelven todo en un ambiente confortable. La niña no ha querido entrar, y observa desde una ranura. Aún lleva juguetitos en la mano, pero se le han ido cayendo sin darse cuenta. Y a cada movimiento que ve dentro del cuarto sonríe y espera impaciente qué vendrá. Pero el último gesto de esta máquina de hacer que suceda cualquier cosa nos toma a todos por sorpresa. Los gorgojos eran muchos más. Y de repente todo se desmorona en pequeñas partículas redondeadas que forman un montículo de arena exactamente igual al de las dunas del desierto, sólo que con vetas de colores de lo más simpáticas. (Tiempo de escritura: 12’ 59”. Edición: 6’ 32”)

4 entusiastas que decidieron alimentar la máquina:

David E. Guzmán dijo...

Se me dañó el ventilador de las ideas, es una araña que se desprende del techo y cae en mi rostro sangrante de leche condensada y helado de fresa californiana, que pereza pienso o alcanzo a pensar mientras el ventilador se ríe al caer y destroza mi cama... pensé, releí, perdí. (Escritura: 1'. Edición: 1')

ColoresMari dijo...

Encantador... Me impacienté... Me dio la sensación de movimiento de mi escritorio y tuve que fijar la mirada en los árbolitos y en los carros que veo a través de la ventana de mi oficina... Todo estaba inmóvil, en su lugar. Juanmi, pensé que se estaba sarandiando el mundo y no... Era yo que te estaba leyendo a Vos.

Johan Bush Walls dijo...

Sigo necio, ahora pensaba que la máquina se había arruinado, que ya no habrían más golpes de tecla, aún así vuelvo a intentarlo, pero siento que a esto le falta algo, siento debe seguir la conversación, porque el dueño de la tienda no atiende, porque no responde cuando alguien toca, sería interesante seguir el golpeteo, que no haya Tabcín que interrumpa los estornudos, o era que solo tenía gripe y ya está curado.

Salú pue.

PADRE RESPONSABLE dijo...

ja-rule: ñam ñam ñam... la máquina come y goza.

Maritza: sos gasolina en esta hoguerita de pendejadas.

Johan: dale, dale, dale,dale... no parés amigo Johan, que la tienda tiene quién la atienda y no para de ofrecer... y atento porque a veces vienen caducas las fechas de vencimiento... Ahí perdonás el descuido.