Abrieron sendos hoyos en el cielo y por ahí se tiraron a malditos. La gente que sabía de su idilio se integró pronto al convite planetario. Y juntos como rastas de piscina navegaron mucho tiempo entre raros aerolitos. Una tarde en que Neptuno embelesado, se ponía despacito sus galas de chorlito, una niña vestida de azafata los tiró por la borda a toditos por las patas. Saltando entre cuerdas y rotitos una pera dulce dejó la paz del olmo. Y feliz por sus nuevos amiguitos les dijo a toditicos que ella era capitana. Liderados por la pera y su dulzura remaron todos pero sólo hacia estribor. Y cantando como patos de vikingo recorriendo mil veces el mismo punto negro. No importándoles tan fútil precisión, decidieron por fin poner un pie en la tierra. Y bajáronse saltando por la borda embriagados de aire y de polvo sideral. Descalzáronse todos, exhibiendo a su paso variadas garras multiformes. Unas largas y delgadas, como raíces aplanadas en la plancha del espacio. Otras de uñas anchas y redondas, como aretas derrotadas en la oreja de Van Gogh. Una hembra que todo lo miraba en lo alto de una piedra tendida y renovada, decidió salir al paso y preguntarles frente a frente qué era lo que buscaban. “Somos los visitantes, y de aquí para allá vamos haciendo nada”. “Y es en son de paz”. “Y en son despacio. “Yo soy Eufrasio”, dijo un pato muy locuaz. La hembra radiante y convencida arrojó a la arena su gorra y su morral. Y siguioles el paso por la tierra a los extraños visitantes . Borrachos y locos de bailar, decidieron por fin volar hacia La Habana. Y sentados ahí en El Malecón ordenaron mojitos y un trío sabrosón. Poco a poco llegaron los turistas. Vino Radio Francia y un fotógrafo del Granma. Y al otro día su estruendo silencioso fue el protagonista de la primera plana. Fidel se hizo un nudillo en la punta del bigote y pidió que los enviaran. A su puerta llegaron al momento los trescientos visitantes y la hembra colombiana. Y desde entonces en la casa del bigotes viven tomando ron unos cuantos amigotes. Bichos, bestias y sus amos más extraños, y uno que otro pasmarote que les vino de rebote. No habido ganas de fugarse. No habido motines ni revoluciones. Todos pasan sus tardes en la hamaca. Contándose recuerdos y estirándose las caras. Las manos también cuelgan, prendidas a un vasito repleto de mojito. Y en el espacio, ahora tan tranquilo, ya nadie se pregunta qué fue del carnaval. (Tiempo de escritura: 9’ 48”. Edición: 6’ 04”)
No sé cómo llegué al agua pero aquí estoy, pasando tragos fuertes de algo como ron en llamas
Tal vez haya sido el aire que se transformó en delirios de humedad y me dejó tendido en oleadas de licor. Siento cacerolas angustiadas que no encuentran el camino al horno rojo. Detonantes de tristeza que te estallan el oído de memoria. Trailers empujados por hombres jorobados en los que viajan las familias exiliadas del valle de las gentes recubiertas de pelaje. Todo tirita entre las ramas del árbol cacatúa. No pasa un segundo en que sus plumas de hoja o sus hojas de pluma no se agiten estremecidas por su canto involuntario de ave trastornada. Los cuernos de animal abandonados por ahí saben que no falta mucho para que un alma buena los adopte entre su puño y los clave con ahínco entre la carne blanda de amigos o enemigos. Más debería preocuparle a la hierba el insecto que carcome su raíz que la huella pasajera que la talla. No se asuste nadie cuando el estornudo traqueteante de la embarcación de corcho deje todo el cargamento de blablablás y balbuceos regado sobre el agua como una colección de contrabando para ambientar la tarde que se hunde. Disparar de nuevo contra el sol de caucho que hoy nos mira fijo y abrirle un hoyo negro entre la yugular y la aorta. Mirarlo arder de nuevo y comprender que su risa suave no es más que el preludio de un rayo helicoidal que te perforará de buche a espalda. Contar las monedas que crujen en tu pantalón, lanzar dos o tres al aire y huir a tu guarida antes de conocer el rumbo de tus suertes. Al fin y al cabo da igual que en la estufa te aguarde un pavo bien relleno o las cabezas endurecidas de calor de una familia entera de conejos. El hambre siempre será hambre, y de algo debe alimentarse quien da tumbos como forma ideal de rebeldía. (Tiempo de escritura: 8’ 41”. Edición: 2’ 48”)
Abro un ojo sin mucho fervor y veo el gato pintado que se escabulle en el pequeño cuenco de la sal
No me sorprende que su pelo se vuelva pálido y se seque como pasando por un horno intempestivo. Sus ojos ruedan de sus órbitas y suenan como canicas. El perro mueve la cola y se lanza sobre las bolas de colores. Pero al morderlas se le hinchan en la boca y ya no puede sacarlas, su quijada está abierta y casi desprendida, como boa tragando un baobab. Yo que soy el amo no me decido a poner y orden. Y opto por dejar caer la aguja sobre el disco de colores que hace días me trae loco de adicción. Los parlantes tiemblan y los objetos minúsculos que pueblan las mesas avanzan tranquilos hacia el borde. El perro ya no tiene forma humana, y las canicas siguen creciendo en su cabeza. Por la ventana asoman pájaros de pelo lacio atraídos por la vibración. Y aunque el vidrio se sacude con espasmos al son del bajo, lo siguen todo con un ridículo gesto de atención. Del suelo ya agrietado han salido tropas aisladas de hormigas y gorgojos. Algunas de ellas llevan en sus hombros trozos de queso parmesano cristalizado, pan endurecido y motas negras que más tarde me entero que son viejas migas de paté de hígado que de alguna manera encontraron la ruta del subsuelo. Algunas mariposas afelpadas se han instalado sobre la lámpara, produciendo al trasluz chorros de tonos claros y cálidos que lo envuelven todo en un ambiente confortable. La niña no ha querido entrar, y observa desde una ranura. Aún lleva juguetitos en la mano, pero se le han ido cayendo sin darse cuenta. Y a cada movimiento que ve dentro del cuarto sonríe y espera impaciente qué vendrá. Pero el último gesto de esta máquina de hacer que suceda cualquier cosa nos toma a todos por sorpresa. Los gorgojos eran muchos más. Y de repente todo se desmorona en pequeñas partículas redondeadas que forman un montículo de arena exactamente igual al de las dunas del desierto, sólo que con vetas de colores de lo más simpáticas. (Tiempo de escritura: 12’ 59”. Edición: 6’ 32”)
Sentarse al borde de la acera a remendar los zapatos
Y ver cómo los tambores improvisan felices sus cuentos de tedio y humor. Dejar que la mujer de la ventana de enfrente lance sus flores de juguete sobre las corrientes de aire. Hacerse el muerto para no ir a cine cuando todos los teatros ofrezcan crispetas viejas. No detenerse ante la marcha del camión que se aproxima y recibirlo con exclamaciones elegantes mientras te aplancha la cabeza. Pegar del cuenco negro de la noche figuritas incandescentes que te recuerden que nada está dicho aún. Que aunque todo parezca esperar su turno, la verdad es que no hay filas, excepto la de la puerta del baño. Discurrir a todo volumen, con algún viejo que pase, sobre el futuro de una plantita sembrada por ahí, y ponerse de acuerdo simulando sinembargo un radical y completo desacuerdo sobre el tema. Desafinar cuando llegue el gran concierto y cacarear como gallina enrazada en borriquillo cuando te pidan cuentas sobre algún desacierto que abotague tu mirada. Pensar en algo tridimensional y sólido alojado en tu cerebro, enviarle corrientes de poder hasta que se tome el lugar entero y comience a asomar sus aristas en tu frente. Imaginar que es cierto, y desbaratar tus planes de ir al mar en el momento en que todo estalle. Reírse de la niña del vestido negro que hace piruetas de circo sobre la mesa principal, y recoger su arete en silencio con movimiento sutil. Robar el vaso en el que su abuelo guarda una caja de dientes con molares forrados en oro, y simular dolor estomacal para salir a tomar aire en la copa de los pinos. Dejarse caer de cabeza, y dormir una larga siesta en los agujeros de los topos. Lo demás es respirar, que ya el sol y el agua se encargarán de lo demás. (Tiempo de escritura: 8’ 34” Edición: 3’ 04”.)
Remaba sobre un charco en el que las flores de plástico lamentaban su suerte
En la barca íbamos Ella, las otras dos y yo. Una era un poco muda, aunque lograba comunicarse con complicados juegos de parpadeo y risas ahogadas. La otra sabía que la malla que recubría sus piernas causaba efectos hipnóticos en los espectadores, y se limitaba a verlas obrar sobre la mente de sus acompañantes con una sonrisita de actriz mediocre. Y Ella me ayudaba a remontar la corriente con exhalaciones forzadas. El cielo poco a poco se poblaba de zeppelines y globos aerostáticos que la empresa fabricante había decidido poner a prueba para generar noticias, pero eso aún no lo sabíamos, y por eso hacíamos apuestas sobre qué podría estar pasando. No podía ser una carrera porque todos iban en direcciones diferentes. Y para ser una simple exhibición le faltaba el aire festivo. No había colores intensos. No había rojos subidos ni azules cielo en las carpas de las aeronaves. Todas eran de un tono de piel pálida, como vejigas de balón desamparadas, cosidas con tejido burdo como heridas de guerra. Y como tenían formas tan disímiles llegamos a pensar que era un experimento militar de alguna clase, sin sentido de lo estético y en el fondo con cierto afán de amedrentar. Como si quisieran decir: atención ciudadanos, que estas cosas parecidas a hígados o riñones o pulmones en cualquier momento pueden descargar algo terrible sobre ustedes. Sin darnos cuenta aceleramos la marcha, y en un momento estábamos sentados sobre el muellecito tocando la superficie del agua con la punta de los dedos, hablando de los efectos del Napalm sobre el organismo humano, de la mejor técnica para perder la vida rápido en caso de un ataque nuclear que no haya arrasado con nosotros, o intentando especular sobre los efectos de mezclar cianuro con ácido clorhídrico y un poco de arsénico pasado por mercurio. La una se había quitado las medias, un poco avergonzada, me dio la impresión. La otra se encerró en un gesto vacío, como de estar viendo la peor parte una película entretenida. Y Ella se me aferró a la espalda, apretando con la fuerza de una niña que sabe que ha llegado la hora de abandonar para siempre a su osito de peluche. (Tiempo de escritura: 9’ 31”. Edición: 7’ 34”)
Dejar que tus poros destilen el polvo gris de la plata triturada
Extirpar de tus oídos el sentido de lo torpe, y relamer con ansiedad el último dulce del Halloween. No importa que ante ti se abra un portón hecho de brazos que te empujan a saltar a la cascada de cemento. No importa que un costal de aves rapaces llegue ante tu puerta. No es posible ver el muelle erguirse entre mástiles de piedra si antes no has rociado la superficie del mar con papeles impregnados de letras diminutas. Saltar por la borda y largarse a correr. Despejar el ambiente de papel picado, y retener en tu paladar el sabor del primer tetero de la infancia. Dejarse de balbuceos. Arrojar el tartamudeo lejos. Detener las rosas perfumadas que amenazan apestar en la punta de tus dedos. Y pensar en clave negra. Un tornillo apretado en la sien de cada uno de tus enemigos. Así se trate de orugas criadas en petróleo o de raíces amputadas que se asoman al filo de tu ventana. Una catarata de brea que se desliza implacable sobre las callecitas de tu barrio. Un puerco chillando empinado en sus pezuñas aterrado ante el rugido de las bestias que han dejado sueltas. Aves engrasadas que vuelan casi a ras de suelo, capturando a picotazos salvajes cosas como dedos o gusanos que pertenecieron a personas simples. Nutrias con la cola erizada de pólvora, rasgando el fango para salvar el pellejo a último momento. Y un roce inoportuno que se vuelve chispa, un zumbido general del apacible paisaje abotagado de formas aceitosas y oscuras, y un tronar final de placas tectónicas felices de andar liberando una insoportable sed telúrica después de siglos. (Tiempo de escritura: 8’ 15”. Edición: 3’ 23”)
Encender la cámara y lograr que en lugar de tragar dispare luz
Echarle fuego a los caballos que huyen sobre las plagas cenagosas del Llano. Arrojar mariposas sobre los fogones de leña. Dirigir la mirada a la carpa del circo, dejarse atraer por las risas y lunares de las mujeres que ofrecen sus ombligos y ensayar con alas de angelito el papel de payaso principal. Descolgar papayas del árbol de utilería, y fabricarse collares de fruta picada antes de lanzarse al río Cauca. Dejar caer como títeres las calaveras desmadejadas en los corralitos carcelarios de una pradera tropical en la que la Vírgen de las Mercedes se desviste y exige respeto. Esconder una calibre 35 entre las fosas nasales y aporrear el vestidito de la actriz principal sobre un mapa de Colombia hecho de cementito pintado. Tronar los dedos y hacer que ese mismo mapa se levante borracho de risa y se sacuda de encima sus recovecos más brillantes como si fueran joyas indignas en un cuerpo tan manchado. Ponerse una máscara de Culebro Casanova y salir a ajustar cuentas con niñas despistadas por las callecitas de Santa Fé de Antioquia. Escupir sobre la tumba de Augusto Pinochet. Señalar con el dedo los árboles más densos, y colgar entre sus hojas latas de películas ya idas. Ingeniarse la manera de que la savia se haga luz y el tronco proyector, y que de ese árbol de iguanas o zapotes salvajes broten como la señal de Batman los rayos titilantes de un cine hecho golpetazo en la cara de los que esconden su rabito de paja. Levantar la mirada al cielo negro del cine colombiano, y ver cómo se abre un espacio trunco para alojar a un maestro-guayacán amarillo, un hombre-aguja que tejía fino y constante disfrazado de quijote, con nariz de hacha y una mirada limpia de la que siempre salió el cine hecho palabras, hecho tajadas de jamón de celuloide en salsa de vino chileno. Un estornudo tramposo en homenaje a un flaco aguerrido al que un monstruo sin ojos se le agazapó entre el buche y gritó “corten”. El plano final de un hombre sin aliento que se aleja horizontal en el vientre de una camioneta fúnebre a contracorriente del río Cauca no es tan final. Al grito de “corten” de su bicho oscuro el maestro grita “acción”. Y alebresta esa tropa de cinéfilos heridos que aúlla alrededor de un guayacán bebé del que si todo sale como debe, brotarán como espantos las flores de lucecita envenenada para fabricar la mermelada que sacuda de alegría el pan insípido en que se han convertido los desayunos de cine en este vallecito de Aburrá. In memoriam, Dunav Kuzmanich. (Tiempo de escritura: 9’27”. Edición: como media hora, por primera vez en la historia de Automática. Una trampa que la ocasión ameritaba. Ahí perdonan.)
Gatos sin dientes que piden un poco de leche
Hipopótamos indigestos de filosofía a los que la risa les hace una mueca desde el otro lado del pantano. Un niño gitano que sabe el triple que todos los del barrio y reparte frasecitas en papel mantequilla en las que como un brillo que naciera en las esquinas ilumina mentes y despeja bestias atragantadas de problemas. Neveras bien organizadas dispuestas como floreros en los balcones. Vidrios deformantes por los que una niña podría entender la histeria que apura las caries de su madre. Tal vez frenar de vez en cuando valdría la pena. Poner el pie sobre el asfalto y bajar un minuto del troncomóvil. Mirar sin afán el paisaje que se ofrezca. Y pensarlo dos veces antes de pasar a la siguiente frase. Pero juego es juego y así se juega este. Disparando dardos de mermelada a los ojos de la luna. Golpeando con manzanas acarameladas el costado del centro comercial. Hiriendo de indiferencia las vitrinas y poniendo enormes monigotes parlantes en los corredores de cada establecimiento que expenda baratijas. Monstruos casi de carne que enseñen que el secreto de la vida está en comer a toda hora, lanzar billetes al retrete y colgarse cuanto trapo extraño y caro pase por delante. Nivelar el ritmo de la mente con un poco de queso dulce. Esencia de vainilla envuelta en hojas de plantas recién brotadas. Y distraer los dedos saltando de roca en roca hasta que su propia torpeza los deje ir a reventarse al fondo del acantilado. No dejarse vencer por la pereza de morirse niño. No azorarse ante el embate de ojos verdes de los hombres de armadura. Copiar canciones sencillas en la superficie de tus muelas. Y dedicarte a cantarlas entre murmullos por la orilla de todos los mares que valgan la pena ser pisados. Acariciar los lomos de los libros como alentando caballos diminutos. Y hacer que de sus bordes nazcan pequeñas plantas trepadoras que sin prisa pero sin pausa te encierren en una agradable red constríctor que haga para ti las veces de verdugo. (Tiempo de escritura: 7’ 43”. Edición: 3’ 25”)
Siete bulldozers en manada pueden hacer tanto como una oveja enardecida
Los ojos que se les quieren salir de las órbitas y bajo su mentón se apelmazan los tiempos del pasto fresco. Hicieron bien los antiguos maiceros en desertar al borde del atlántico. No pasaba nada entre los cocos y entre las frondas nuevas probaron el dulce sabor del chicle interoceánico. Un algo de ballena y de batata recorre las nubes amargas de los cultivadores de cebolla. Sus tristezas nos son nada comparadas con los mares de lágrimas atentas con las que destierran los amores inventados a cada minuto. Gastar dinero en paños limpiadores puede ser mejor que aficionarse al juego interminable del azar. Y sin embargo para emprender cualquier proyecto conviene adicionarle unas gotitas de caos al coctel. Ni siquiera los bufidos de quienes rugen exigiendo frases dignas pueden espantar a los gallitos de pelea que se baten en el ring de los dados hechos letras arrojadas con pistola de bengala. Joyas pueden estar lejos de ser. Pero determinar su destino en un puchero puede ser igual de equivocado. No hay nada de malo en coleccionar trozos de basura bien seleccionada, y empastelar bajo el hojaldre los hallazgos intuitivos de los buscadores de piedritas. (Tiempo de escritura: 4’ 32”. Edición: 2’ 53”)



