...Separo la piel ardiente y la pongo sobre un libro abierto. Cierro ese y todo los demás que andan regados por ahí y ordeno con un golpe que sepan conservar la calma. Deterioro algunos trozos de periódico que pastan aquí cerca, y renuncio a degustar los titulares de hace varios días. Las plantas que asoman entre las grietas del suelo piden algo que no entiendo, pero asiento y les entrego un objeto raro que las deja satisfechas. Dirijo mi mirada hacia un sombrero que alguien olvidó, y se posa sobre mí como esperando. Pasa un ave distraída que me pide algún consejo. Le digo sé discreta y no sé si alcanza a oír. Pasa un aeroplano con aires de perdido y se acurruca entre las hojas secas. Un insecto de antenas encogidas y papeles en los ojos intenta darle alientos pero es inútil porque se deshace sin hacer ruido. Lanzo un silbido sin estrépito y nada vuelve a la normalidad. Pienso en cualquier letra por dejar que pase el viento y el resultado sigue siendo igual. Le doy la bienvenida a las jirafas de madera que llevan hilitos de nylon atados a los dedos para poder seguir el ritmo, y un pastel de frutas secas se ofrece a acompañarnos. No sé cómo asumir todo esto. Y entrego mis pistolas para no tener que responder de cualquier forma. (Tiempo de escritura: 7’ 56”. Edición: 2’ 26”)
Sobre el tapete rojo de pequeñas cabezas resplandecientes...
...que alguien olvidó en el fondo del desván, se dio de pronto una creciente discusión. Las miles de testas diminutas se negaban a ver pasar sus horas entre polvo y cucarachas, y tras la tos de alguna alguien preguntó por la mejor manera de hacerle el quite al tedio. Una cabeza como todas con forma de alfiler algo ovalado respondió que la tierra era un giro continuado y que lo mejor era bailar al son de su desplazamiento. Ofendida por la candidez de la propuesta otra cabeza casi exacta replicó que la tierra no era nada más que un triste balón de masa amorfa relleno con el fuego que al cabo nos pasaría a todos por sus brasas, y que ante semejante perspectiva lo indicado era comer a manos llenas mientras llegaba la hora miserable. Las risas de unas cuantas cabecitas acostumbradas a ahuyentar las malas leches formaron una nube de ruditos que alteró el fondo de la escena. Casi unidas la una a la otra cantaron como en coro que la tierra era un ensayo en el que no había resultados preferibles, que todo era posible y digerible y que los fuertes eran los que usaban los lentes indicados para cada color del cielo. Antes de cerrar su intervención se decidieron por el baile, meciéndose en círculo como oleadas de pelamen llevada por ciclones: no queremos nada más que ver llegar las cosas, que ver pasar las risas y huir de los dolores. Nos disgusta que ustedes se desplacen llevados por los sueños que no los dejan ver. Entre polvo y cucaracha sonreímos mientras tanto, que no está lejos el momento de pasar al centro de la sala. La multitud no respondió como esperaban, salvo algunos grupos de minúsculas cabezas por aquí y por allá. Las demás o no quisieron escuchar o habían sucumbido ya al cansancio de intentar un escape del tapete al que estaban más que reclavadas.
Lijaban sin poder siquiera detenerse a dar una mirada alrededor...
...Los dedos ya eran fibrosas masas abotagadas por el calor del roce. Las uñas habían engrosado su carácter, y bajo la cutícula purpúrea algo espeso se movía lento. Las articulaciones de la mano crujían a cada movimiento, pero el fragor de la faena parecía limar las asperezas que asomaban entre hueso y hueso. Los tendones cumplían su función pese a la evidente capa de óxido que intentaba sofocarlos. Y el aire caliente no era alivio para nada. Bajaban por los hilos de las lámparas hileras de insectos encendidos, pero perdían la vida al menor contacto con la mesa. Ojos temblorosos preferían conservarse en la paz temporal del aserrín acumulado sobre el suelo. Cuadernos manchados llevaban sin esfuerzo la contabilidad perfecta de cada herida provocada, y en un vaso de agua sucia esperaba su turno un racimo de cuchillas. En las junturas de los muros se dibujaban ya los paisajes premonitorios de archipiélagos de hongos. Las esporas se arrojaban por espasmos al ambiente. Y algunas pieles aún vivas no soportaban el contacto corrosivo. El chirrido de la máquina era inaudible desde hacía varios meses por atrofia de todos los oídos. Pero si alguna cosa viva se acercaba por los menos a kilómetros, podía sentir la vibración aguda que brotaba del pequeño cobertizo salvaje que alguien había instalado algunos metros bajo tierra para probar con carne y músculos la capacidad de tolerancia a la tortura de ciertos organismos agitados.
Nacían en pequeños puertos junto a las rocas...
... Daban tres miradas alrededor y se lanzaban con la panza al viento sobre la corriente tumultuosa. No sabían en qué dirección nadar para saciar el hambre, pero se regocijaban en cada brazada y en cada nuevo trago de agua salada que embocaban. La sensación de hartazgo tardaba, pero de buche en buche su piel entera se iba colmando por dentro y por fuera. Sobre la raya del horizonte las nubes estallaban en partículas filosas y el ruido que se producía llegaba sordo, desplegado a la manera de las sábanas raídas sobre la superficie marina. Ciertas algas comprendían el mensaje de la atmósfera que se formaba, y con el habitual paso lento de las plantas acuáticas adoptaban posiciones seductoras, de raíces superpuestas como piernas y brazos vegetales aferrados a bloques más compactos. El nado se adaptaba a las vacilaciones del entorno susceptible, los brazos se hinchaban y vencían, se expandían y forraban según la intensidad de las columnas de agua vertical o replegada. Bajo el agua un rumor de plancton enardecido atemorizaba algunos peces de poca envergadura, pero los más robustos tenían la certeza de que lo que se gestaba era soberbio. Aletas poco vistas se acercaban a la zona, picos cuneiformes sobre torsos de una redondez más que apretada. Nubarrones de pequeña voracidad preparaban espirales de potencia desgarrante. La luz era filtrada por las nubes turbias. Chorros de rosa y verde sucio golpeaban contra todo en una danza lenta, pegajosa, en la que ninguno de nosotros podría haber sobrevivido.
Colgué un pesado fardo de cosas recogidas por ahí y salí al campo abierto a tomar algo de aire
Me gustó la vista del camino, seco y despeinado, tupido de espigas que saltaban entre sonidos zumbantes. Un tábano se entretenía bailando entre las nubes de polvo, intentando descifrar la proveniencia de diminutas partículas suspendidas en el aire. Una mariposa reseca por el sol pero aún así sonriente remontaba las oleadas de vapor de agua que se batían a muerte con los remolinos de polvo, y a pesar de perder un par de manchas en las alas logró escapar con vida. El sol se descolgó en reflejos, como un balón de luces ocres y transparentes pegando aquí y allá. Aves desviadas de su ruta aterrizaban sobre los baches de roca, resistiendo el calor en los cojines de sus patas. Algunos picos desprendidos se convertían de inmediato en banquete para varias clases de hormigas. Y eso nos fue dando ánimos para avanzar entre el desorden, perfectamente coordinados. A ella la sensación de las partículas extrañas en los ojos le incomodó al principio, pero relajó los brazos y estiró los dedos hasta sentir las membranas tensas entre ellos. Su falda parecía desprenderse, pero azotada como estaba por el viento decidió resistir con la actitud de la ropa que se seca en pleno vendaval. La tomé de la mano y la llevé adelante. Cerró los ojos por buscar un juego y la obligué a pisar las hojas secas, y no pudo evitar a reír con los cambios repentinos de rumbo que le hicieron llenar la boca de aire turbio. Sólo un gato aferrado a la copa de un árbol sin hojas logró vernos antes de que un tronco de balso nos cayera encima, doblándonos bajos sus ramas, con la cara apretada contra el suelo. Subimos el volumen a la música, y mientras alguien se decidía a liberarnos agitamos nuestras piernas de la manera más cómoda , siguiendo el ritmo pegajoso de una canción sencilla de Velvet Underground. (Tiempo de escritura:8'54". Edición: 6' 15")
Tirarse de la cama bocabajo y arrastrarse hasta la sala
Ordenar abrir las tablas del techo y dejarse llevar hacia la luna. Permitir que algo baboso y repugnante pase por delante sin estornudar y devolverse de un tirón a ver morir la tarde. En el balcón del mar esperar que algo suceda. Decirle a los que pasen que el tiempo es ilusión. Y cantar con guitarras viejas y sin cuerdas algunas tonadas melancólicas. Si pasa algo hacerle venia. Y si no también. Arrastrar los zapatos hasta la estación de Núñez, pedirle a una mujer que te acaricie el pelo. Y si accede dibujarle pajaritos en el aire. Retomar alguna tarea inconclusa y pedirle a los trenes que la pisen. Comentar entre susurros que han hecho algo desastroso y que han acabado con tu carrera policial. Desenterrar clavos de vagones derruidos, y ponerlos entre las ruedas de tus camiones preferidos. Insultar a los ancianos que no escuchen, para no herirlos en el pecho. Y dejar que un exabrupto te guíe de momento. Si una nube de insectitos se te acerca, sumarte a ellos entonando zumbidos de metal. Y posarse entre las ramas de un limón a someterse a los efluvios cítricos mientras obran locuras en tu mente. Esperar el paso de los osos hormigueros y lanzarse sobre ellos con la punta envenenada. Picarlos hasta que estallen de lo hinchados. Y recobrar las energías al borde del estanque. Cuidarse de las ranas que fabrican poesía, de su leche tibia y erudita, de sus croados soporíferos y complacidos de sí mismos, y al menor impulso correr en dirección contraria. Ver nacer luciérnagas de las burbujas pantanosas y esperar hasta que formen una hélice en torno de la noche. (Tiempo de escritura: 6’ 44’’. Edición: 4’ 01”)
El toro saltó sobre la verja y en el otro lado lo esperaba el cachorrito
Abrieron sendos hoyos en el cielo y por ahí se tiraron a malditos. La gente que sabía de su idilio se integró pronto al convite planetario. Y juntos como rastas de piscina navegaron mucho tiempo entre raros aerolitos. Una tarde en que Neptuno embelesado, se ponía despacito sus galas de chorlito, una niña vestida de azafata los tiró por la borda a toditos por las patas. Saltando entre cuerdas y rotitos una pera dulce dejó la paz del olmo. Y feliz por sus nuevos amiguitos les dijo a toditicos que ella era capitana. Liderados por la pera y su dulzura remaron todos pero sólo hacia estribor. Y cantando como patos de vikingo recorriendo mil veces el mismo punto negro. No importándoles tan fútil precisión, decidieron por fin poner un pie en la tierra. Y bajáronse saltando por la borda embriagados de aire y de polvo sideral. Descalzáronse todos, exhibiendo a su paso variadas garras multiformes. Unas largas y delgadas, como raíces aplanadas en la plancha del espacio. Otras de uñas anchas y redondas, como aretas derrotadas en la oreja de Van Gogh. Una hembra que todo lo miraba en lo alto de una piedra tendida y renovada, decidió salir al paso y preguntarles frente a frente qué era lo que buscaban. “Somos los visitantes, y de aquí para allá vamos haciendo nada”. “Y es en son de paz”. “Y en son despacio. “Yo soy Eufrasio”, dijo un pato muy locuaz. La hembra radiante y convencida arrojó a la arena su gorra y su morral. Y siguioles el paso por la tierra a los extraños visitantes . Borrachos y locos de bailar, decidieron por fin volar hacia La Habana. Y sentados ahí en El Malecón ordenaron mojitos y un trío sabrosón. Poco a poco llegaron los turistas. Vino Radio Francia y un fotógrafo del Granma. Y al otro día su estruendo silencioso fue el protagonista de la primera plana. Fidel se hizo un nudillo en la punta del bigote y pidió que los enviaran. A su puerta llegaron al momento los trescientos visitantes y la hembra colombiana. Y desde entonces en la casa del bigotes viven tomando ron unos cuantos amigotes. Bichos, bestias y sus amos más extraños, y uno que otro pasmarote que les vino de rebote. No habido ganas de fugarse. No habido motines ni revoluciones. Todos pasan sus tardes en la hamaca. Contándose recuerdos y estirándose las caras. Las manos también cuelgan, prendidas a un vasito repleto de mojito. Y en el espacio, ahora tan tranquilo, ya nadie se pregunta qué fue del carnaval. (Tiempo de escritura: 9’ 48”. Edición: 6’ 04”)
No sé cómo llegué al agua pero aquí estoy, pasando tragos fuertes de algo como ron en llamas
Tal vez haya sido el aire que se transformó en delirios de humedad y me dejó tendido en oleadas de licor. Siento cacerolas angustiadas que no encuentran el camino al horno rojo. Detonantes de tristeza que te estallan el oído de memoria. Trailers empujados por hombres jorobados en los que viajan las familias exiliadas del valle de las gentes recubiertas de pelaje. Todo tirita entre las ramas del árbol cacatúa. No pasa un segundo en que sus plumas de hoja o sus hojas de pluma no se agiten estremecidas por su canto involuntario de ave trastornada. Los cuernos de animal abandonados por ahí saben que no falta mucho para que un alma buena los adopte entre su puño y los clave con ahínco entre la carne blanda de amigos o enemigos. Más debería preocuparle a la hierba el insecto que carcome su raíz que la huella pasajera que la talla. No se asuste nadie cuando el estornudo traqueteante de la embarcación de corcho deje todo el cargamento de blablablás y balbuceos regado sobre el agua como una colección de contrabando para ambientar la tarde que se hunde. Disparar de nuevo contra el sol de caucho que hoy nos mira fijo y abrirle un hoyo negro entre la yugular y la aorta. Mirarlo arder de nuevo y comprender que su risa suave no es más que el preludio de un rayo helicoidal que te perforará de buche a espalda. Contar las monedas que crujen en tu pantalón, lanzar dos o tres al aire y huir a tu guarida antes de conocer el rumbo de tus suertes. Al fin y al cabo da igual que en la estufa te aguarde un pavo bien relleno o las cabezas endurecidas de calor de una familia entera de conejos. El hambre siempre será hambre, y de algo debe alimentarse quien da tumbos como forma ideal de rebeldía. (Tiempo de escritura: 8’ 41”. Edición: 2’ 48”)
Abro un ojo sin mucho fervor y veo el gato pintado que se escabulle en el pequeño cuenco de la sal
No me sorprende que su pelo se vuelva pálido y se seque como pasando por un horno intempestivo. Sus ojos ruedan de sus órbitas y suenan como canicas. El perro mueve la cola y se lanza sobre las bolas de colores. Pero al morderlas se le hinchan en la boca y ya no puede sacarlas, su quijada está abierta y casi desprendida, como boa tragando un baobab. Yo que soy el amo no me decido a poner y orden. Y opto por dejar caer la aguja sobre el disco de colores que hace días me trae loco de adicción. Los parlantes tiemblan y los objetos minúsculos que pueblan las mesas avanzan tranquilos hacia el borde. El perro ya no tiene forma humana, y las canicas siguen creciendo en su cabeza. Por la ventana asoman pájaros de pelo lacio atraídos por la vibración. Y aunque el vidrio se sacude con espasmos al son del bajo, lo siguen todo con un ridículo gesto de atención. Del suelo ya agrietado han salido tropas aisladas de hormigas y gorgojos. Algunas de ellas llevan en sus hombros trozos de queso parmesano cristalizado, pan endurecido y motas negras que más tarde me entero que son viejas migas de paté de hígado que de alguna manera encontraron la ruta del subsuelo. Algunas mariposas afelpadas se han instalado sobre la lámpara, produciendo al trasluz chorros de tonos claros y cálidos que lo envuelven todo en un ambiente confortable. La niña no ha querido entrar, y observa desde una ranura. Aún lleva juguetitos en la mano, pero se le han ido cayendo sin darse cuenta. Y a cada movimiento que ve dentro del cuarto sonríe y espera impaciente qué vendrá. Pero el último gesto de esta máquina de hacer que suceda cualquier cosa nos toma a todos por sorpresa. Los gorgojos eran muchos más. Y de repente todo se desmorona en pequeñas partículas redondeadas que forman un montículo de arena exactamente igual al de las dunas del desierto, sólo que con vetas de colores de lo más simpáticas. (Tiempo de escritura: 12’ 59”. Edición: 6’ 32”)



