En la barca íbamos Ella, las otras dos y yo. Una era un poco muda, aunque lograba comunicarse con complicados juegos de parpadeo y risas ahogadas. La otra sabía que la malla que recubría sus piernas causaba efectos hipnóticos en los espectadores, y se limitaba a verlas obrar sobre la mente de sus acompañantes con una sonrisita de actriz mediocre. Y Ella me ayudaba a remontar la corriente con exhalaciones forzadas. El cielo poco a poco se poblaba de zeppelines y globos aerostáticos que la empresa fabricante había decidido poner a prueba para generar noticias, pero eso aún no lo sabíamos, y por eso hacíamos apuestas sobre qué podría estar pasando. No podía ser una carrera porque todos iban en direcciones diferentes. Y para ser una simple exhibición le faltaba el aire festivo. No había colores intensos. No había rojos subidos ni azules cielo en las carpas de las aeronaves. Todas eran de un tono de piel pálida, como vejigas de balón desamparadas, cosidas con tejido burdo como heridas de guerra. Y como tenían formas tan disímiles llegamos a pensar que era un experimento militar de alguna clase, sin sentido de lo estético y en el fondo con cierto afán de amedrentar. Como si quisieran decir: atención ciudadanos, que estas cosas parecidas a hígados o riñones o pulmones en cualquier momento pueden descargar algo terrible sobre ustedes. Sin darnos cuenta aceleramos la marcha, y en un momento estábamos sentados sobre el muellecito tocando la superficie del agua con la punta de los dedos, hablando de los efectos del Napalm sobre el organismo humano, de la mejor técnica para perder la vida rápido en caso de un ataque nuclear que no haya arrasado con nosotros, o intentando especular sobre los efectos de mezclar cianuro con ácido clorhídrico y un poco de arsénico pasado por mercurio. La una se había quitado las medias, un poco avergonzada, me dio la impresión. La otra se encerró en un gesto vacío, como de estar viendo la peor parte una película entretenida. Y Ella se me aferró a la espalda, apretando con la fuerza de una niña que sabe que ha llegado la hora de abandonar para siempre a su osito de peluche. (Tiempo de escritura: 9’ 31”. Edición: 7’ 34”)
Dejar que tus poros destilen el polvo gris de la plata triturada
Extirpar de tus oídos el sentido de lo torpe, y relamer con ansiedad el último dulce del Halloween. No importa que ante ti se abra un portón hecho de brazos que te empujan a saltar a la cascada de cemento. No importa que un costal de aves rapaces llegue ante tu puerta. No es posible ver el muelle erguirse entre mástiles de piedra si antes no has rociado la superficie del mar con papeles impregnados de letras diminutas. Saltar por la borda y largarse a correr. Despejar el ambiente de papel picado, y retener en tu paladar el sabor del primer tetero de la infancia. Dejarse de balbuceos. Arrojar el tartamudeo lejos. Detener las rosas perfumadas que amenazan apestar en la punta de tus dedos. Y pensar en clave negra. Un tornillo apretado en la sien de cada uno de tus enemigos. Así se trate de orugas criadas en petróleo o de raíces amputadas que se asoman al filo de tu ventana. Una catarata de brea que se desliza implacable sobre las callecitas de tu barrio. Un puerco chillando empinado en sus pezuñas aterrado ante el rugido de las bestias que han dejado sueltas. Aves engrasadas que vuelan casi a ras de suelo, capturando a picotazos salvajes cosas como dedos o gusanos que pertenecieron a personas simples. Nutrias con la cola erizada de pólvora, rasgando el fango para salvar el pellejo a último momento. Y un roce inoportuno que se vuelve chispa, un zumbido general del apacible paisaje abotagado de formas aceitosas y oscuras, y un tronar final de placas tectónicas felices de andar liberando una insoportable sed telúrica después de siglos. (Tiempo de escritura: 8’ 15”. Edición: 3’ 23”)
Encender la cámara y lograr que en lugar de tragar dispare luz
Echarle fuego a los caballos que huyen sobre las plagas cenagosas del Llano. Arrojar mariposas sobre los fogones de leña. Dirigir la mirada a la carpa del circo, dejarse atraer por las risas y lunares de las mujeres que ofrecen sus ombligos y ensayar con alas de angelito el papel de payaso principal. Descolgar papayas del árbol de utilería, y fabricarse collares de fruta picada antes de lanzarse al río Cauca. Dejar caer como títeres las calaveras desmadejadas en los corralitos carcelarios de una pradera tropical en la que la Vírgen de las Mercedes se desviste y exige respeto. Esconder una calibre 35 entre las fosas nasales y aporrear el vestidito de la actriz principal sobre un mapa de Colombia hecho de cementito pintado. Tronar los dedos y hacer que ese mismo mapa se levante borracho de risa y se sacuda de encima sus recovecos más brillantes como si fueran joyas indignas en un cuerpo tan manchado. Ponerse una máscara de Culebro Casanova y salir a ajustar cuentas con niñas despistadas por las callecitas de Santa Fé de Antioquia. Escupir sobre la tumba de Augusto Pinochet. Señalar con el dedo los árboles más densos, y colgar entre sus hojas latas de películas ya idas. Ingeniarse la manera de que la savia se haga luz y el tronco proyector, y que de ese árbol de iguanas o zapotes salvajes broten como la señal de Batman los rayos titilantes de un cine hecho golpetazo en la cara de los que esconden su rabito de paja. Levantar la mirada al cielo negro del cine colombiano, y ver cómo se abre un espacio trunco para alojar a un maestro-guayacán amarillo, un hombre-aguja que tejía fino y constante disfrazado de quijote, con nariz de hacha y una mirada limpia de la que siempre salió el cine hecho palabras, hecho tajadas de jamón de celuloide en salsa de vino chileno. Un estornudo tramposo en homenaje a un flaco aguerrido al que un monstruo sin ojos se le agazapó entre el buche y gritó “corten”. El plano final de un hombre sin aliento que se aleja horizontal en el vientre de una camioneta fúnebre a contracorriente del río Cauca no es tan final. Al grito de “corten” de su bicho oscuro el maestro grita “acción”. Y alebresta esa tropa de cinéfilos heridos que aúlla alrededor de un guayacán bebé del que si todo sale como debe, brotarán como espantos las flores de lucecita envenenada para fabricar la mermelada que sacuda de alegría el pan insípido en que se han convertido los desayunos de cine en este vallecito de Aburrá. In memoriam, Dunav Kuzmanich. (Tiempo de escritura: 9’27”. Edición: como media hora, por primera vez en la historia de Automática. Una trampa que la ocasión ameritaba. Ahí perdonan.)
Gatos sin dientes que piden un poco de leche
Hipopótamos indigestos de filosofía a los que la risa les hace una mueca desde el otro lado del pantano. Un niño gitano que sabe el triple que todos los del barrio y reparte frasecitas en papel mantequilla en las que como un brillo que naciera en las esquinas ilumina mentes y despeja bestias atragantadas de problemas. Neveras bien organizadas dispuestas como floreros en los balcones. Vidrios deformantes por los que una niña podría entender la histeria que apura las caries de su madre. Tal vez frenar de vez en cuando valdría la pena. Poner el pie sobre el asfalto y bajar un minuto del troncomóvil. Mirar sin afán el paisaje que se ofrezca. Y pensarlo dos veces antes de pasar a la siguiente frase. Pero juego es juego y así se juega este. Disparando dardos de mermelada a los ojos de la luna. Golpeando con manzanas acarameladas el costado del centro comercial. Hiriendo de indiferencia las vitrinas y poniendo enormes monigotes parlantes en los corredores de cada establecimiento que expenda baratijas. Monstruos casi de carne que enseñen que el secreto de la vida está en comer a toda hora, lanzar billetes al retrete y colgarse cuanto trapo extraño y caro pase por delante. Nivelar el ritmo de la mente con un poco de queso dulce. Esencia de vainilla envuelta en hojas de plantas recién brotadas. Y distraer los dedos saltando de roca en roca hasta que su propia torpeza los deje ir a reventarse al fondo del acantilado. No dejarse vencer por la pereza de morirse niño. No azorarse ante el embate de ojos verdes de los hombres de armadura. Copiar canciones sencillas en la superficie de tus muelas. Y dedicarte a cantarlas entre murmullos por la orilla de todos los mares que valgan la pena ser pisados. Acariciar los lomos de los libros como alentando caballos diminutos. Y hacer que de sus bordes nazcan pequeñas plantas trepadoras que sin prisa pero sin pausa te encierren en una agradable red constríctor que haga para ti las veces de verdugo. (Tiempo de escritura: 7’ 43”. Edición: 3’ 25”)
Siete bulldozers en manada pueden hacer tanto como una oveja enardecida
Los ojos que se les quieren salir de las órbitas y bajo su mentón se apelmazan los tiempos del pasto fresco. Hicieron bien los antiguos maiceros en desertar al borde del atlántico. No pasaba nada entre los cocos y entre las frondas nuevas probaron el dulce sabor del chicle interoceánico. Un algo de ballena y de batata recorre las nubes amargas de los cultivadores de cebolla. Sus tristezas nos son nada comparadas con los mares de lágrimas atentas con las que destierran los amores inventados a cada minuto. Gastar dinero en paños limpiadores puede ser mejor que aficionarse al juego interminable del azar. Y sin embargo para emprender cualquier proyecto conviene adicionarle unas gotitas de caos al coctel. Ni siquiera los bufidos de quienes rugen exigiendo frases dignas pueden espantar a los gallitos de pelea que se baten en el ring de los dados hechos letras arrojadas con pistola de bengala. Joyas pueden estar lejos de ser. Pero determinar su destino en un puchero puede ser igual de equivocado. No hay nada de malo en coleccionar trozos de basura bien seleccionada, y empastelar bajo el hojaldre los hallazgos intuitivos de los buscadores de piedritas. (Tiempo de escritura: 4’ 32”. Edición: 2’ 53”)
Largar la carrera de brujas y darle a cada una un beso en la frente
Pedirles que te traigan turrones de dientes de conejo embadurnados con anís. Soltarle la soga al duende y enseñarle a caer parado en tres saltos mortales. Introducir tu entrecejo en un zapallo y dedicarle horas al estudio de las semillas de hortaliza enorme. Preparar algún discurso en caso de que los viejos anacoretas te reclamen por tu falta de emoción. Y despistar las burradas con golpes de hombro. Si un lugar común te manda una tarjeta de invitación, puedes simplemente hacerlo pasar, ofrecerle un tinto envenenado e invitarlo a seguir la ruta del sanitario. Depende un poco todo esto del talante de tu mascota de turno. Porque si se trata de bulldogs apaleados en su infancia es posible que nada fructifique. Que un colmillo asestado en el lugar erróneo te deje viendo oscuro por el resto de tus días. O que de pronto bailes el foxtrot diabólico con los personajes incorrectos. No reduzcas tu mirada al estertor. Alimenta de frutas en papilla tus oídos, y degusta el zumo de naranjas con la punta de tus tímpanos. Reduce tus gustos a la mermelada de limón. Y bébela a chorros por los poros de tus manos. Invéntate una disculpa cuando lleguen los leones. Y hazte compinche de quien replique que la suma aleatoria de palabras da lo mismo que un pepino cohombro secándose al sol en medio del desierto. (Tiempo de escritura: 6’ 03”. Edición: 3’ 20”)
Siento que el conejo me sonríe y asoma por mi oreja
Yo lo dejo que se largue, y le digo "conejo, que la vida te sonría amigo". Él no me escucha pero se pierde sobre las cabezas de la gente dando tumbos. Kioscos de color de rosa. Jamones sencillos que largan un humito pasmoso e hilarante del que todos nos colgamos para pasar el tiempo. Decimos cosas por decirlas. Nos reímos por ejercitar los músculos de la cara. Y le ladramos a las raíces de los árboles hasta hacerlas erizar de amor. Qué bestial que puede ser la palabrería cuando se arroja de frente, sin ponerle matras ni pomburos, qué bonito que puede ser cuajar nubes entre las manos cuando escuchás de fondo lo mejorcito del Cuarteto de Nos. Decile al ovni que se acerca que se largue. Que vos estás de lujo tirado en la pradera y que las manzanas caen fácil en tu mano. Que no tenés nada que hacer en el espacio exterior y que saludos por Marte o por Saturno o por donde quiera que hayan venido. Que vos estás que no te cambiás por nadie. Que una horda de tigrillos te protege y que en la luna tus amigos te ven por telescopio y te escriben chistes que entendés sin verlos. Hacete el muerto si te quieren llevar. Y cuando se hayan ido aplaudí como loco, hasta que lleguen los camiones de peluche y te lleven a tu cama. (Tiempo de escritura: 4’ 27”. Edición: 2’ 46”)
Los labios de las niñas merecen la suerte de los campeones
Si algo se desprende de tus ojos déjalo ir sin preguntarle nada. Cuélgate recuerdos de la infancia sobre la espalda y recréate con las miradas sorprendidas de todos los que pasan. No lances el anzuelo sin ponerle un chicle en la punta, y cuéntales chistes a los gusanos para que su muerte no sea demasiado seria. Nunca cedas en tus pretensiones ante un dueño de circo, corres el peligro de que te ofrezca el papel de simio hembra o que te ponga el gorrito rojo del domador domado. Tapiza de musgo la superficie de tu cama. Negocia con los hongos y vegetales repentinos que pretendan habitarla, y para mantenerte a salvo dales de comer a los zancudos. No aceptes fajos de billetes empacados en enormes tinajas de caucho. Los problemas tienen mejores maneras de llegar. No sueltes la mano de tu novia cuando un tigre la requiera, y cántales poemas retorcidos si logran huir juntos. Embotéllate siete u ocho horas en el trancón más concurrido y aprovecha para crear pequeñas obras maestras, asegúrate de abrir las ventanillas a menos de que optes por conectar el escape de tu carro al aire acondicionado para despedirte del mundo dejando obra inconclusa. Escríbele cartas desfachatadas al club de leones y al ministerio de salud. Y aflora alguna tarde ante los ojos de toda tu familia, que ignoraba que no eras más que una enorme larva con forma semihumana que de aburrimiento ha decidido brotar convertido en una flor carnívora con pétalos gruesos como solomo crudo. (Tiempo de escritura: 6’ 29”. Edición: 3’ 28”)
Cuando los ojos de todos los viejos amanecen azules...
...un cambio sutil pero grave se opera en el mundo. No son pocas las hordas de aves que aterrizan en tropel sobre las calles atestadas de autos. El vuelo de sus plumas desprendidas es en sí mismo un espectáculo digno de ser visto. Hay quienes abandonan sus puestos de trabajo para ir a sentarse en los parques a lanzarles maní a las palomas y poder observar de cerca los ojos de los viejos. Esos días, las nubes se hinchan y bajo la tierra las quebradas ocultas resuenan tumultuosas. Mientras más ancianos se reunen más crece su alegría, sus risas se tiñen de blanco y aún los niños desearían ser viejos, de tan plácidos y frescos que se ven todos. Si un día comienza con aleteos inusuales, y sobre la ciudad se forma una nube entre pálida y brillante, mira a la cara al primer anciano que se cruce en tu camino. Si sus ojos están claros, pintados de azul, busca al siguiente. Y si confirmas que es un día de viejos de ojos azules, no luches contra el magnetismo del ambiente. Déjate arrastrar, y verás cómo desembocas en una plazuela o en un andén donde algunos de ellos sonríen y pintan recuerdos de tonos pastel. Sé noble con todo lo que un día como esos te suceda. Y guárdalo en la memoria. Porque rara vez hay dos días continuos en los que todos los viejos despiertan con ojos azules. De resto, son los ojos tristes y opacos de las legiones de la vejez melancólica los que habitan la tierra. (Tiempo de escritura: 6’ 46”. Edición: 3’58”.)



