Aquí se leen (o se solían leer) los ejercicios de escritura automática de un tipo al que le encanta levantarse tarde... pero no puede.

Ayer vino un pájaro gordo a molestar

Una tarántula que había perdido una o dos patas. Un pequeño animal de cuyo nombre no quise acordarme. Un representante de papitas fritas marca ACME. Una niña que decía haber perdido a sus padres mientras compraba palomitas de maíz. Un señor en chaleco de cuero que gritaba el himno de Belice. Una señora de pelo azul cielo que trapeó toda mi casa sin preguntar nada. Un salchichonero sin ojos. Un camión lleno de pelos de barba recolectados en la calle. Una niñita mocosa que bailaba lo que sonaba en la radio del vecino. Tres siameses hinchas de equipos diferentes. Un alcohólico sobrio con una botellita de agua sucia en la chaqueta. Una ex reina de belleza del pacífico chocoano que argumentaba haber sido engañada por traficantes de esmeraldas. Un mico pequeño que decía las vocales al derecho y al revés. Una tropita de pulgas mal amaestradas que se instalaron entre las almohadas. Siete mariposas de las gordas y cafés que al verme perdieron brillo. Un polvo extraño y de consistencia grumosa que parecía pensarlo dos veces antes de posarse sobre el mugre de mi habitación. Tres pececillos en una bolsa de supermercado. Un hombre que asomó su sombrero, luego un bastón, y que resultó ser un perchero arrojado desde abajo. Un sinsonte que creí reconocer pero que no era más que una paloma desteñida. Y un lote de hormigas arrieras que desde ahora trabajan conmigo en la elaboración de la tumba de este estornudo mental. (Tiempo de escritura: 5’ 17”. Edición: 5’04”)

Despedirse sin querer y salir por la puerta de atrás sin darse cuenta

Patear las canecas de basura y ponérselas de sombrero a la señora de rulos que otea el horizonte desde su ventanita de flores. Al señor que seca la ropa en el balcón de encima insultarlo con términos salvajes, espetarle denuestos sin definición aparente y tildarle de loco por la manera en que se peina las cejas. Si a los pájaros del ventanal de más arriba se les abriera la jaula, el edificio entero ardería de escándalo. Pájaros sin plumas, aletargados por el abuso del Seconal. Aves de rapiña venidas a nada a punta de espantos y tratos impersonales de parte de sus amos. Se les deja ahí encerradas por conmiseración. La mujer que canta en la terraza no ha podido superar el duelo. Y la vida la mastica entre grumos de tabaco que compra baratos en la tienda de la esquina. José que le vende picadura ha intentado hacerla entrar mil veces en razón. No coma tanto ají con cigarrillo, Teresita, vea que eso poco a poco le abre un hueco en el cerebro. Pero ella a lo sumo le mata un ojo o le empina una ceja y vuelve a sus oficios de ama de casa sin esposo. La vida corre suave, pero con una música de fondo endemoniada en el edifico Arturo de la calle 12, donde los automóviles no se detienen nunca por miedo a ser violados. Donde las horda de niñitos con los dientes afilados van haciendo historia. Y donde las mujercitas son llevadas pronto a otros sitios antes de que le tomen afición al los bailes de garaje. Fiestecillas inocentes en las que a las mayores de once años se les da carta blanca para moler a palos sus deseos contra el primero que les atraviese. Se ha pensado encerrar todo el sector en una malla. Pero sería una atracción turística demasiado cara. Y quizás sólo tenga interés para dos o tres pintores o cronistas huérfanos de tema. (Tiempo de escritura¨6’14”. Edición: 3’27”)

Caballitos con la boca pintada

Tropeles de orugas meditabundas. Escuelas de floricultura para sepultureros. Troncos de piel de sapo. Esforzarse en serio por que nada hile. Ella miraba como un puñal de mimbre. Sus orejas destilaban ron aguado. Sus zapatillas de oro falso se deslizaban entre trituradoras de piedra. Para qué los estornudos. Para no dejarle todo eso de hacer frases al azar a las computadoras. Para jugar a que se vale pegar palabras con clavos y cinta adhesiva y a que el resultado puede servir incluso para tapar filtraciones en el techo de tu casa de cartón. Agriétale los ojos a tu mascota. Siembra en ellos semillas de alcaparra o aceituna. Bríllale los huesos con algún químico fuerte y dedícale canciones de amor de hacer tres décadas. La mujer que viene allí se llama Dora. Anda de afán porque la gente le quiere hacer daño. Pero eso aún no lo sabe a ciencia cierta (a ciencia cierta es una frase fea) y aunque algo presiente no está del todo segura. Se le ha corrido el maquillaje de semillas africanas, pero cree que es por la lluvia. El corazón le hace cosquillas y algo eléctrico y enredado gira dando tumbos por sus ventrículos. La odian. Es mucho el daño que ha hecho. Y va a ser azotada con pastillas de menta envenenadas. Morirá feliz, en todo caso. Pero por ahora sólo es un presentimiento. Una extraña sensación de que corre peligro. Y por eso anda de prisa. Fofa y floja alguna literatura puede llegar a ser. Pero en el mundo del estornudo todos somos inocentes. (Tiempo de escritura: 5’ 53”. Edición: 4’ 36”)

Y entonces se prende la máquina,

...por los poros del teclado algunos estallidos minúsculos brotan humeantes y delgados. No quiere uno sino ver emerger demoniecitos locos por entre las letras negras, ver la cara de uno que otro dragón saludar sin asco como a un viejo amigo, y que de pronto alguna garra de tamaño medio pellizque una uña, la primera falange, un dedo entero y lo arrastre a uno bajo las teclas. No hay por qué sentirse asfixiado entre el polvo de tantas horas de escritura barata. Es la vida. Y los insectos menores algo deben comer. No creo que haya diferencia entre pintar bonito y pintar bien. Y aunque esa sea una frase que jamás suscribiría, sigo pensando que escribir de afán también es escribir bonito. El sólo tecleo ya es hipersensibilizador (¡uy!), arrullante, jalador de pensamientos, un mantra de oficina que te puede hacer pasar muy gratos ratos, a ratos, y sobre todo sin el ambiente no hay patos. Puede uno luego asomarse al corredor. Asegurarse de que no haya moros en la costa y sacar del maletín los implementos. A la larga, todo brota como de un tirón. Cuando los tubos y los alambres y el complejo andamiaje que has preparado estén listos, sólo enciende la mecha porque lo demás vendrá de un solo golpe. Ese “blam” enorme con el que lo has mandado todo lejos es tan promisorio que esta noche, por lo menos esta noche, podrás dormir como el dedo gordo de un bebé. (Tiempo de escritura: 5’ 26”. Edición: 3’45”)

Si uno se pone un disfraz de enanito…

…corre el peligro de darse por bien servido antes de tiempo, porque cuando un perro late por la ventanilla es conveniente no darle demasiado aliento. Siempre que alguien libere una endorfina organícele una marcha, prepare con sus compadres un bonito cortejo por las principales avenidas de su ciudad y junto a la banda municipal díganle todo lo bueno que hacen por la humanidad. No se detenga nunca ante las puertas de una carnicería más tiempo del necesario. Habla eso muy mal de usted. ¿Qué necesita pensar tanto alguien antes de comprar un trozo de carne? ¿Acaso no sabe bien cuánto dinero tiene en el bolsillo? ¿Acaso está pensando en algún tipo de corte que sorprenda al carnicero? ¿Está haciendo cuentas y cree que tal vez ya ha llegado la época de la carne de conejo? No. Ante las puertas de un carnicería no hay que pasar más tiempo del necesario para olfatear. Si apesta demasiado, siga su camino. Si no apesta, siga su camino. Si huele a carne fresca, húmeda, madura, sangrante y joven, deténgase, y extienda el dinero que tenga, pida lo mejor que le puedan dar por eso. O pida solomito de una buena vez y coma rico. Si no tiene plata para solomito, baje sólo hasta punta de anca. De ahí para bajo ignore todo hasta llegar al hígado. Ahí sí está la sustancia buena. El hierro. La vida. El meollo. Hígado y menudencias bien pueden llevar un hombre a viejo… (Tiempo de escritura: 4’55”. Tiempo de edición: 3’51”)

Una nube tiene todo el derecho...

...a ser una nube gorda, hinchada, y a no parecerse a nada. Si uno no entiende esas cosas está destinado a ser un buscador de muñequitos tontos por el mundo. No pueden ser los gatos los llamados a limpiar la faz del planeta de malos conductores. Eso sería tan terrible como hacer estornudar al peor de los gigantes. Si algo no va bien, dalo por perdido o cómprate un motor infalible marca Acme y pónselo en la nariz. Si algo interrumpe tu trabajo haz de cuenta que no ha sucedido nada y suénate la nariz con algún pañuelo hallado en el piso. El arte de estornudar es duro y exige paciencia. No se pueden tener afanes por decir cosas sabias ni por deslumbrar. Es sencillo en teoría eso de dejar bailar a los dedos como locos, pero lo duro vine cuando se quiere tener el control del caballito que se ha puesto en marcha. Por eso, diría un sabio zen, la clave es hacerse la rama de bambú, y dejarse doblar por cualquiera que sea el viento que sople. Por ejemplo ahora, que sobre la arena se dibuja ya la cara imprecisa de una horrenda frase, uno quisiera ceder a la tentación de mandar todo a la porra de un manotazo. Pero se pude pisar la arena, como pisando una almohadilla, y dejarse morder por las burbujas de las olas tarareando una canción que dice: “barambaóoooo, alé-jaté- que yo no soy, un ju-gue-téeee…!” Tiene sus derrotas y sus triunfos, el arte de estornudar. Y mucho va en la paciencia de quien escribe. Porque los estados de trance creativo no vienen así porque sí… que porque ya almorcé entonces me voy a sentar un rato a estornudar. Lo más probable es que el resultado sea un estornudo indigesto, pesado, lleno de lentitudes gástricas. Pero bueno, con paciencia y sin parar va uno y se encuentra de pronto con el fuego de la conexión literaria y pisa fuerte y sale vivo de un corto paseo por algún fresco y relajante infiernito de media tarde…
(Tiempo de escritura: 8 minutos, 15 segundos. Edición: 3 minutos, 23 segundos)

Ver caer las orugas...

...desde el borde de una mesa. O sentarse a observar durante horas la lenta marcha del enano del frente. Visitar por períodos cortísimos la jaula del tití del zoológico vecino, o degustar el suave amargo de los excrementos de paloma. Una abuela puede ser víctima de cualquiera. Uno puede darle un golpe en el cuello a traición y llevarla en brazos a un sitio descampado. Y allí, mientras ella despierta de su sueño forzado, un ser amable puede por ejemplo contarle cuentos infantiles al oído, darle gotitas de aguamiel o acariciar su frente con endebles hebras de pasto. Puede también dejar que sobre su piel las hormigas abran caminos de pionero, y que algunas mariposas planten huevos en el lóbulo de alguna de sus flácidas orejas. Si alguien pregunta qué ha pasado, qué hace una mujer tan entrada en años ahí acostada en la grama al calor de la tarde junto a un hombre tan joven, la respuesta es muy sencilla: “es mi abuela, y a ratos siente una fatiga enorme que la obliga a buscar reposo”. Y así puede uno seguir su trabajo, su misión, su linda obra de empatía. (Tiempo de escritura: como 5 minutos con tres interrupciones. Tiempo de edición: 3 minutos de un tirón. Las siguientes entradas serán cronometradas científicamente.)