...un cambio sutil pero grave se opera en el mundo. No son pocas las hordas de aves que aterrizan en tropel sobre las calles atestadas de autos. El vuelo de sus plumas desprendidas es en sí mismo un espectáculo digno de ser visto. Hay quienes abandonan sus puestos de trabajo para ir a sentarse en los parques a lanzarles maní a las palomas y poder observar de cerca los ojos de los viejos. Esos días, las nubes se hinchan y bajo la tierra las quebradas ocultas resuenan tumultuosas. Mientras más ancianos se reunen más crece su alegría, sus risas se tiñen de blanco y aún los niños desearían ser viejos, de tan plácidos y frescos que se ven todos. Si un día comienza con aleteos inusuales, y sobre la ciudad se forma una nube entre pálida y brillante, mira a la cara al primer anciano que se cruce en tu camino. Si sus ojos están claros, pintados de azul, busca al siguiente. Y si confirmas que es un día de viejos de ojos azules, no luches contra el magnetismo del ambiente. Déjate arrastrar, y verás cómo desembocas en una plazuela o en un andén donde algunos de ellos sonríen y pintan recuerdos de tonos pastel. Sé noble con todo lo que un día como esos te suceda. Y guárdalo en la memoria. Porque rara vez hay dos días continuos en los que todos los viejos despiertan con ojos azules. De resto, son los ojos tristes y opacos de las legiones de la vejez melancólica los que habitan la tierra. (Tiempo de escritura: 6’ 46”. Edición: 3’58”.)
Instalar tu detector de tragedias y echar a andar
Ver pasar la falda descosida de una mujer de más de ochenta años a la que le falta una oreja y las uñas se le caen. Tropezar con un perro sanbernardo que lleva tres días escupiendo baba oscura. Preguntarle algo a un hombre que te habla con voz de lata vacía y que te pide favores incomprensibles. Tomar un taxi para huir de todo y ver que en la cabeza descascarada del conductor alguien parece haber tatuado palabras horrendas a la fuerza. Lanzarse por la ventana y aterrizar sobre una gallina que empollaba huevos de serpiente. Intentar sacarse de encima los dientes de pequeños anfibios que te quieren chupar el alma. Tirarte a correr por un callejón y resbalar sobre un sapo hambriento al que alguien le sacó los ojos. Ir a dar contra los muros y las puertas y enfurecer sin querer a un vecindario de ex convictos que se niegan a salir de la ruta del asalto y el cuchillo. Trepar por un muro tapizado de alambres de púa y vidrios afilados de hermosos colores. Quedar ensartado en el tope, de donde te baja a mordiscos un pastor alemán entrenado en la cárcel La Picota. Y ser llevado ante un subintendente de seguridad que sabe que nadie preguntará por ti, y que hace días se guarda unas ganas enormes de practicar kickboxing con algo vivo, débil y que grite. (Tiempo de escritura: 5’ 54”. Edición: 3’ 28”)
Se iban partiendo mis papeles como perros
La casa entera me pedía algo que no sabía bien cómo explicar. Bajo los cajones de la biblioteca una agrupación de insectos estornudaba entre copas. Y no era necesario decir mucho más para entender que todo se venía abajo. Arácnidos encerrados en su nochecita ciega. Y otro golpe de máquina para espantar los tonos de inspirado extático. Por qué no ofrecerme un jugo de mora con barquitos de papel naufragando en la superficie y un surfero desbocado que atraviesa las ondulaciones del jugo. No hay playa. Y las mujeres deben asolearse en el borde, haciendo equilibrio entre las pepas de la mora. Una que lee revistas recién hechas sonríe y uno se pregunta qué leerá. El de la barba se acerca y responde que la historia del hombre que vende latas rellenas de basura comprimida, como un símbolo de los desperdicios que él ha salvado de las garras del mar. Cruza un viento fuerte que dobla la página, y un párrafo se desprende, casi translúcido, casi a punto de descuajarse. Una motocicleta mira por el retrovisor y encuentra el párrafo ahí, latiendo de alegría, de haber encontrado un lugar para quedarse. La moto acelera. Y esto viaja lejos con el ruido de un motor. (Tiempo de escritura: 5’ 48”. Edición: 2’ 25”)
Se levantó el viento entre los calzoncillos ...
...y dejó en el tendedero un aire a ropa nueva o recién lavada. Bajo los árboles los pájaros bebían aguas hidratadas con alcohol de cidra negra. Levantaban turbias miradas las niñas que pasaban, imprimiendo letreros de Te Amo en sus camisetas instantáneas. El mar, aburrido de mirar desde la orilla, relinchó y pidió cerveza. Con aguardiente adentro, por favor, rugió saltando sobre las callecitas del barrio. Tres gallinazos que tertuliaban entre las ramas de un mango prefirieron alzar el vuelo y hacer tiempo mientras retrocedía la marea. El sol sonreía, y pelaba unos dientes torcidos pero pulcros sin huellas de carne ni alimentos estropeados. El aire era cada vez más liviano. Plumas desprendidas corrían sin afán, despidiendo pelusa falsa y estampillándose en la espalda de los amigos más antiguos. En las billeteras no había ya sino fotos raídas y nidos de gusanos. Saltaban los ojos de tan vacíos. Y una estampida de ahuyamas bramó en silencio por el futuro de este estornudo trunco. (Tiempo de escritura: 4’ 26”. Edición: 2’55”)
Relajó los músculos y se dejó llevar por las olas
Un pequeño rebaño de algas le acarició el cuello. Una sinfonía de burbujas le trinó en los oídos. Un pez diminuto le pasó entre los dedos de los pies. Sus nubes seguían arriba, tomando formas siempre nuevas. Evitaba buscarles relaciones obvias con árboles, palomas o personas. Y prefería pensar en cosas como “allí va la masa que usará el panadero loco para preparar el pan de mierda de paloma que cree una receta genial”, o “aquello son los restos del cargamento de leones muertos que traían mis hermana de su primer safari en África”… Esos pensamientos los guardaba para sí. Alguna vez le contó a su novia de turno las cosas que pensaba cuando observaba nubes, y el resultado no fue para nada alentador. Aunque ella puso cara de alegría, fue fingida y se dio cuenta de que no entendía y de que le generaban pánico los pensamientos inconexos y absolutamente aleatorios para divertirse hilando estupideces. Algo cosquilleó entre sus axilas, se giró bocabajo y continuó nadando. No supo hacia dónde estaba la playa. Pero se despreocupó, clavó los ojos en el agua salada, y decidió imitar durante algún rato el nado de un perro. La risa le hizo tragar agua. Pero eso tampoco le importaba. Sabía ya de las propiedades terapéuticas del agua de mar, del bienestar que le podía producir a su sistema digestivo, y de la enorme cantidad de minerales que podía absorber su hígado con medio litro diario. Que la arena y otras impurezas del mar le ocasionaran un improbable ataque de cálculos renales, era otra cosa que también lo tenía sin cuidado. De pronto, un pensamiento cómico se instaló en el centro de su frente, alzó la vista, y enfiló a brazadas largas hacia la orilla para continuar escribiendo. (Tiempo de escritura: 8’ 01”. Edición: 6’ 29”)
Los vasos seguían a la expectativa
Desde su punto de vista la habitación era un cilindro de tonos difusos que se expandía a capricho por todos los costados. Ninguno de los perros movía siquiera la nariz. Y los angoras que se arrastraban por los rincones lanzaban miradas desconfiadas. Una bruja puede ser una gran amiga. Sobre todo si es aficionada al whiskey en las rocas y toca la guitarra como la maestra de Tom Waits. Adela era casi eso, pero además fumaba unos tabacos aromáticos que habían impregnado toda su casa con un olor a sembrado de especias ahumado. Su repertorio iba desde lo más sencillito de los Beatles o la fase oscura de Lou Reed, hasta unos engendros espesos que sonaban como música ranchera intoxicada por el órgano de una iglesia en la que se bailara blues. Nunca nos acostamos antes de las tres de la mañana. Y yo hacía siempre un esfuerzo extra para aguardar el momento en que a ella le naciera entrar en trance, cerrar los ojos ante el balcón, y comenzar a decir cosas al azar en las que de pronto se iba definiendo una visión del mundo apocalíptica, similar a la de aquellos músicos que seguían dándole a sus instrumentos mientras el Titanic se iba a pique. Cuando regresaba en sí, solía mirarte como a un bicho recién nacido. Sonreía, te tomaba de la mano, y comenzaba a improvisar sobre tu pasado, presente y futuro, aunque en eso último era más bien parca. Te decía cosas irrebatibles, como que tu complejo de no andar nunca en calzoncillos con la puerta abierta provenía del miedo a alguno de tus hermanos mayores, o que si algún día serías un escritor, eso no sería antes de tres o cuatro lustros, o en todo caso cuando por fin hubieras enfrentado tu miedo a la derrota. Al final te ofrecía un sorbo de whiskey y te arrojaba una nube de humo en la cara. Tomaba la guitarra, y su voz ya era otra. Más pura. Menos atormentada. Como una Bob Dylan después de regresar de Shangri-La. (Tiempo de escritura: 9’ 01”. Edición: 3’ 38”)
Ayer vino un pájaro gordo a molestar
Una tarántula que había perdido una o dos patas. Un pequeño animal de cuyo nombre no quise acordarme. Un representante de papitas fritas marca ACME. Una niña que decía haber perdido a sus padres mientras compraba palomitas de maíz. Un señor en chaleco de cuero que gritaba el himno de Belice. Una señora de pelo azul cielo que trapeó toda mi casa sin preguntar nada. Un salchichonero sin ojos. Un camión lleno de pelos de barba recolectados en la calle. Una niñita mocosa que bailaba lo que sonaba en la radio del vecino. Tres siameses hinchas de equipos diferentes. Un alcohólico sobrio con una botellita de agua sucia en la chaqueta. Una ex reina de belleza del pacífico chocoano que argumentaba haber sido engañada por traficantes de esmeraldas. Un mico pequeño que decía las vocales al derecho y al revés. Una tropita de pulgas mal amaestradas que se instalaron entre las almohadas. Siete mariposas de las gordas y cafés que al verme perdieron brillo. Un polvo extraño y de consistencia grumosa que parecía pensarlo dos veces antes de posarse sobre el mugre de mi habitación. Tres pececillos en una bolsa de supermercado. Un hombre que asomó su sombrero, luego un bastón, y que resultó ser un perchero arrojado desde abajo. Un sinsonte que creí reconocer pero que no era más que una paloma desteñida. Y un lote de hormigas arrieras que desde ahora trabajan conmigo en la elaboración de la tumba de este estornudo mental. (Tiempo de escritura: 5’ 17”. Edición: 5’04”)
Despedirse sin querer y salir por la puerta de atrás sin darse cuenta
Patear las canecas de basura y ponérselas de sombrero a la señora de rulos que otea el horizonte desde su ventanita de flores. Al señor que seca la ropa en el balcón de encima insultarlo con términos salvajes, espetarle denuestos sin definición aparente y tildarle de loco por la manera en que se peina las cejas. Si a los pájaros del ventanal de más arriba se les abriera la jaula, el edificio entero ardería de escándalo. Pájaros sin plumas, aletargados por el abuso del Seconal. Aves de rapiña venidas a nada a punta de espantos y tratos impersonales de parte de sus amos. Se les deja ahí encerradas por conmiseración. La mujer que canta en la terraza no ha podido superar el duelo. Y la vida la mastica entre grumos de tabaco que compra baratos en la tienda de la esquina. José que le vende picadura ha intentado hacerla entrar mil veces en razón. No coma tanto ají con cigarrillo, Teresita, vea que eso poco a poco le abre un hueco en el cerebro. Pero ella a lo sumo le mata un ojo o le empina una ceja y vuelve a sus oficios de ama de casa sin esposo. La vida corre suave, pero con una música de fondo endemoniada en el edifico Arturo de la calle 12, donde los automóviles no se detienen nunca por miedo a ser violados. Donde las horda de niñitos con los dientes afilados van haciendo historia. Y donde las mujercitas son llevadas pronto a otros sitios antes de que le tomen afición al los bailes de garaje. Fiestecillas inocentes en las que a las mayores de once años se les da carta blanca para moler a palos sus deseos contra el primero que les atraviese. Se ha pensado encerrar todo el sector en una malla. Pero sería una atracción turística demasiado cara. Y quizás sólo tenga interés para dos o tres pintores o cronistas huérfanos de tema. (Tiempo de escritura¨6’14”. Edición: 3’27”)
Caballitos con la boca pintada
Tropeles de orugas meditabundas. Escuelas de floricultura para sepultureros. Troncos de piel de sapo. Esforzarse en serio por que nada hile. Ella miraba como un puñal de mimbre. Sus orejas destilaban ron aguado. Sus zapatillas de oro falso se deslizaban entre trituradoras de piedra. Para qué los estornudos. Para no dejarle todo eso de hacer frases al azar a las computadoras. Para jugar a que se vale pegar palabras con clavos y cinta adhesiva y a que el resultado puede servir incluso para tapar filtraciones en el techo de tu casa de cartón. Agriétale los ojos a tu mascota. Siembra en ellos semillas de alcaparra o aceituna. Bríllale los huesos con algún químico fuerte y dedícale canciones de amor de hacer tres décadas. La mujer que viene allí se llama Dora. Anda de afán porque la gente le quiere hacer daño. Pero eso aún no lo sabe a ciencia cierta (a ciencia cierta es una frase fea) y aunque algo presiente no está del todo segura. Se le ha corrido el maquillaje de semillas africanas, pero cree que es por la lluvia. El corazón le hace cosquillas y algo eléctrico y enredado gira dando tumbos por sus ventrículos. La odian. Es mucho el daño que ha hecho. Y va a ser azotada con pastillas de menta envenenadas. Morirá feliz, en todo caso. Pero por ahora sólo es un presentimiento. Una extraña sensación de que corre peligro. Y por eso anda de prisa. Fofa y floja alguna literatura puede llegar a ser. Pero en el mundo del estornudo todos somos inocentes. (Tiempo de escritura: 5’ 53”. Edición: 4’ 36”)



